¿Otro proceso de paz?


La invitación del presidente estadounidense Barack Obama a relanzar el proceso de paz entre israelíes y palestinos cobrará formato ceremonial el próximo 1 de septiembre cuando Washington será anfitriona del premier israelí Binyamín Netanyahu y del presidente palestino Mahmoud Abbas, junto a los líderes de Jordania y Egipto. El diálogo bilateral es, llamativamente, un éxito en sí mismo, dado que la parte palestina se mostró renuente al mismo durante los últimos meses prefiriendo en su lugar unas tratativas indirectas con mediación de terceros. La Autoridad Palestina radicalizó su postura luego de que la Administración Obama hiciera de los asentamientos un tema estructural de la disputa, y tomó considerable presión estadounidense persuadir a Abbas que debía desistir de elevar precondiciones al diálogo y de que éste debía ser triangulado.

Pero este es el comienzo, no el fin. Existe una moratoria auto-impuesta por el gobierno israelí para la construcción de asentamientos que vencerá a fines de septiembre. Presionado por las facciones opositoras radicales y por elementos internos a su agrupación Fatah, Abbas ha dicho que si la moratoria no es extendida, los palestinos abandonarán las negociaciones. El gobierno israelí, por su parte, está basado en una coalición que incluye componentes contrarios a la paralización en la construcción de asentamientos, y de mantenerla correría el riesgo de una convulsión interna. Existe a su vez un crecimiento demográfico natural que impone sus propias tensiones sobre la realidad: mientras que la tasa de crecimiento poblacional total en Israel es del 1.8%, en Judea y Samaria la población judía crece al 5%. La necesidad de nuevas viviendas aumenta con ella.

Los maliciosamente llamados colonos han sido tan ampliamente demonizados ante la opinión pública internacional que difícilmente vaya a haber comprensión a propósito de este dilema. Si el gobierno de Netanyahu fuese a cumplir con el plazo anunciado para la moratoria, la construcción de asentamientos fuese renovada, y los palestinos repudiasen las negociaciones ¿qué dudas caben de que el mundo entero acusará a Israel de socavar las oportunidades para la paz? A esto debe agregarse el reclamo histórico del pueblo judío sobre esa área y la no menos importante cuestión de la seguridad. Cuando Yasser Arafat rechazó las ofertas territoriales sorprendentemente generosas de Ehud Barak en el año 2000, el repliegue unilateral de Israel del Líbano acababa de ocurrir, el de la Franja de Gaza aún no había acontecido, y ninguno todavía había dado lugar a sendas confrontaciones con milicias chiítas y sunitas, fuertemente armadas, de las cuáles hoy no solamente una de ellas sino que ambas están al servicio de Irán. ¿Puede Israel obviar las lecciones trágicamente evidentes de sus concesiones? ¿Cómo impactará ello en una Autoridad Palestina que reclama una retirada israelí a las fronteras de 1949?

La AP que controla Cisjordania al mando de Abbas no es Hamas, el optimista dirá. Ha reconocido formalmente a Israel y está dispuesta a negociar con ella, observará. Es de extracción nacionalista-secular y en consecuencia librada del dogma del pan-islamismo religioso que le impediría ser concesiva, agregará. ¿Pero que hemos de hacer ante el hecho de que la incitación anti-judía continúa sin pausa en la prensa que ella controla? ¿O ante la realidad de plazas que han sido recientemente bautizadas en honor a terroristas que han masacrado a israelíes en el pasado? Dalal Mughrabi, quién en 1978 ocasionó la muerte a 37 israelíes y un estadounidense, ya tiene su propia plaza en Ramallah, asiento de gobierno de la AP. Omar Muhammed Ziyada, quién se inmoló en un atentado suicida en Herzlia en 2002, provocando la muerte a un adolescente e hiriendo a otros 16, posee una plaza en su honor en la localidad de Madama, por decisión de la AP.

¿Y que con el pequeño tema de la identidad de Israel, la insignificante insistencia del primer ministro de que su país sea reconocido como un estado judío, lo cuál motivó las siguientes reacciones proporcionadas?: “Un estado judío, ¿Qué se supone que ello significa?” (Abbas), “[Netanyahu] tendrá que esperar mil años antes de encontrar un palestino dispuesto a acompañarlo” (Erakat), “La exigencia de Netanyhau que los palestinos reconozcan a Israel como el estado judío está arruinando la oportunidad para la paz” (Mubarark).

Pero aún si estos escollos fuesen superados, y aún si los demás temas de la contienda fuesen justamente solucionados (refugiados, Jerusalém, fronteras finales), todavía restaría lidiar con un inconveniente: el completo rechazo de Hamas al reconocimiento -menos aún la negociación con- el estado de Israel. Dado que esta agrupación fundamentalista controla la Franja de Gaza, cabe preguntarse si Israel podrá simultáneamente tener paz con una parte del futuro estado palestino, y guerra con la otra. Este es un conflicto terco y ya ha demostrado en el pasado ser inmune a los deseos y esperanzas de la comunidad internacional. Los esfuerzos por la paz deben ser apoyados, pero con el cuidado de que no vayan a resultar en catástrofes… como ser nuevas intifadas.

Por Julián Schvindlerman

Comunidades 1/9/10

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