OPINIÓN: Europa tiene culpa en la masacre de Charlie Hebdo / Por Pedro Cobo


Nota del editor: Pedro Javier Cobo Pulido es profesor de Estudios Internacionales y Estudios generales en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y analista de temas sobre Medio Oriente. Actualmente tiene en imprenta el libro “Theodor Herzl. El origen del Estado de Israel”. Las opiniones expresadas en este artículo corresponden exclusivamente a Pedro Cobo.

Una vez más el terrorismo islámico ha golpeado a Europa. No hay que estar de acuerdo con la línea editorial de Charlie Hebdo para condenar un crimen de esa magnitud; ni se puede justificar la acción argumentando que los ejércitos occidentales matan a miles de inocentes en Medio Oriente; ni se puede aducir, como algunos medios lo han hecho, que “ellos se la buscaron”.

Charlie HebdoNo me gusta la sátira de Charlie Hebdo: es irreverente y en muchas ocasiones extremadamente ofensiva para las creencias, no solo de musulmanes, sino también de cristianos. Aún así hay que defender uno de los principios sagrados de la democracia: la libertad de expresión. Hay muchas formas de protestar contra lo que te desagrada: no comprar, escribir cartas al editor, poner una demanda si fuera el caso de difamación, etc. Pero en ningún caso se puede argumentar que la violencia sea el medio para acabar con una publicación discordante con tus ideas. Pero creo que Europa tiene gran parte la culpa de sus propias desgracias. Y no porque haya participado más o menos activamente en las guerras de Iraq o Afganistán, sino por su desidia para defender sus propios principios: que los derechos humanos –entre los que están la libertad de expresión y la libertad religiosa- son universales. La presión de Europa en ese tema en los países musulmanes ha sido mínima, cuando no inexistente. Tuvo que ser el Ronald S. Lauder, presidente del Congreso Mundial Judío, quien no hace muchos meses dijo: “¿Por qué el mundo permanece en silencio mientras los cristianos son sacrificados en Oriente Medio y en África?”.

En marzo del 2011, Shahbaz Bhatti, católico, ministro de las minorías en Pakistán, fue asesinado por ir contra la ley de la blasfemia. El había dicho que “la ley de la Blasfemia es una herramienta de violencia contra las minorías, especialmente contra los cristianos” y “me puede costar la vida, pero seguiré trabajando para modificar una ley que se usa para saldar asuntos personales”. No recuerdo condenas europeas sobre el asunto. Ni tampoco ha habido clamor en la prensa occidental por casi el millón de cristianos que tuvieron que salir de Iraq tras la caída de Saddam Hussein debido a la constante persecución a la que se ven sometidos.

No parece que haya ningún tipo de presión internacional por la discriminación que los coptos sufren a diario en Egipto. La discriminación contra las minorías en los países musulmanes mayoritarios es una rutina. Incluso en la propia Turquía, quizá el país de mayoría musulmán más laico, es prácticamente imposible construir una iglesia. Sin embargo, en Europa el dinero de Arabia Saudita fluye para construir mezquitas. En diciembre, en la gran mezquita en las afueras de Madrid- construida con dinero saudí- se desarticuló un comando de yihadistas. Irónicamente en Arabia Saudita tener una biblia en tu casa puede significar la cárcel.

En muchos países musulmanes el proselitismo con musulmanes está estrictamente prohibido e incluso puede costar la muerte del convertido y de los evangelizadores. En el 2006, Abdul Rahman, afgano convertido al cristianismo, fue condenado a muerte por su conversión. Finalmente, tras la presión internacional pudo escapar gracias a un subterfugio: se le declaró incapacitado mentalmente. En Europa es frecuente que los propios gobiernos apoyen económicamente la construcción de mezquitas y el proselitismo del Islam está permitido. Europa es culpable, y no porque permita críticas al Islam, ni tampoco porque permita construir mezquitas en sus tierras –la pluralidad, la tolerancia y la igualdad de oportunidades a todas las religiones es un fundamente que no se debe perder- sino porque no ha exigido reciprocidad. No se puede dejar que una cultura penetre en terreno propio sin pedir que te dejen difundir la tuya en el contrario. En agosto de 2014, el obispo caldeo de Mosul, Monseñor Emil Nona, fue tajante al comparar las dos culturas y avisó de los peligros a los que se está sometiendo el propio Occidente. “Sus principios liberales y democráticos no valen nada aquí. Deben considerar otra vez nuestra realidad en el Medio Oriente, porque están recibiendo en sus países a un número cada vez mayor de musulmanes. Ustedes también están en peligro. Deben tomar decisiones fuertes y valientes, incluso a costa de contradecir sus principios”, dijo citado por la agencia Aciprensa.

“Ustedes piensan que todos los hombres son iguales, pero eso no es verdad: el Islam no dice que todos los hombres son iguales. Los valores de ustedes no son los valores de ellos; y si no entienden esto lo suficientemente pronto, se convertirán en víctimas del enemigo que han recibido en su casa”, dijo Monseñor Emil Nona, según la agencial.

Por desgracia las víctimas llegaron pronto.

Evidentemente ser musulmán no significa ser terrorista ni fundamentalista, pero hoy por hoy, como me dijo un intelectual palestino musulmán en Damasco en el verano del 2010, el Islam no ha encontrado el camino para compatibilizar su religión con la democracia. Me parece que el camino no es la xenofobia ni la islamofobia, ya que sería caer en el mismo error de los fundamentalistas islámicos; el camino es defender la propia cultura democrática y exigir a los países musulmanes reciprocidad. Una buena manera de empezar sería impedir que llegaran fondos de países musulmanes donde no se respeta la libertad religiosa para construir mezquitas hasta que no cambien su política discriminatoria; otra, aumentar la presión internacional ante los constantes abusos que se cometen en contra de las minorías en la mayoría de los países musulmanes.

Charlie Hebdo y las torres gemelas no son más que la punta del iceberg.

El Estado Islámico es una clara manifestación de lo que puede suceder si Occidente no pone más empeño en difundir en los países islámicos la cultura de la democracia, la tolerancia y la difusión de los derechos humanos.

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